Wednesday, April 30, 2008

The Old Broads


Hay un tipo de mujer en Nueva York que no existe en ninguna otra parte.

Mujeres que han sobrevivido el machismo de los cincuentas, el feminismo de los sesentas, la crisis económica de los setentas, la era disco de Steve Rubell, la era de la avaricia de Gordon Gekko, y la era de la guerra y la tontera de George W. Bush.

Y ahí están estas mujeres ahora, todavía de pie, y en algunos casos luciendo piernas que despertarían la envidia de mujeres cuatro décadas mas jóvenes.

En esta ciudad- donde el hedonismo y la vanidad parecen venir incluídas en el agua potable- existe también una fuente infinita de sabiduría y longevidad femenina.

No, no estamos hablando de esas octogenarias que se pasean en St. Laurent y Chanel por Madison Avenue, dedicando sus últimas horas de vida al cirujano plástico o el peluquero en su trágica lucha contra lo inevitable.

Estamos hablando, en cambio, de Liz Smith. Joan Rivers, Cindy Adams, Elaine Stritch o Joan Collins que, para que las cosas queden claras, nunca le han hecho asco a una aguja rellena de bótox, pero que no tienen ninguna ilusión de que eso- una arruga de mas o de menos- hará gran diferencia en el resultado final.

Partamos por Elaine Stritch, una actriz que a pesar de un legendario romance con el Vodka y el Whisky que casi destruyó su carrera, sigue convertida en uno de los monumentos vivientes de Broadway.
Su voz suena a vida bien vivida, y eso solo agrega mas atractivo a sus apariciones, que no son pocas.
Hace un tiempo la vi en su inolvidable “one woman show’, “Elaine Stritch at Liberty” (búsquelo en HBO, I Tunes o YouTube), donde apenas cubierta con una camisa de hombre blanca y un par de medias negras (a los 80 y tantos), recuerda, durante casi dos horas, detalles de una existencia envidiable que incluye ensayos con Nöel Coward y romances con Marlon Brando, Ben Gazzara y Rock Hudson.
No todos llegaron a buen término. De hecho, ninguno de ellos llegó a buen término.

¿Pero qué importa?. Todos ya murieron, pero Elaine continua en el escenario, igual como Liz Smith continua escribiendo sus columnas de chismes en el "New York Post".
No la culpe. Ella estaba ahí, tecleando en su Olivetti, mucho antes de que el Post perteneciera a Rupert Murdoch y dedicara páginas y páginas a Lindsay Lohan.

Ocho décadas de vida han puesto una ligera joroba en la espalda de Liz, es cierto, pero sus ojos azules siguen intactos y su melena rubia tan platinada como siempre.

Lea lo que escribe, y se dará cuenta que esta mujer ha sobrevivido en una jaula de serpientes sin mas herramientas que su inteligencia, su talento y su increíble capacidad para encontrar algo positivo que decir hasta de la mas siniestra starlet.

Liz habla bien de todos, menos de GWB.

Otra razón para quererla.

Una vez la vi caminando por la calle junto a Elaine; dos ancianas a medianoche rumbo a algún restaurant, arrastrando entre ambas mas historia neoyorkina de la que cabria en un libro.

Pero sigamos con este romance invernal.

Para ser honesto, no soy un fanático de Cindy Adams. Su lengua es áspera y poco bondadosa, y aunque su columna se publica a solo dos páginas de la de Liz en el “Post”, su mirada del mundo no podría ser mas distinta.
Para ella no hay un famoso que valga la pena, y el mundo se divide entre abusadores y abusados, dos castas que se turnan en la diversión.

En las fotos aparece como una loca, con el maquillaje exagerado, algún sombrero desquiciado y los ojos inquietos de quienes han visto mas de la cuenta y siguen con sed.

Pero escúchela hablar de su fallecido perrito, “Jazzy”, o de su ex marido, un comediante de segunda que rozó los codos de Sammy Davis Jr. Y Frank Sinatra, y descubrirá a una mujer que, detrás de esa caja fuerte que es su corazón, esconde….bueno, un corazón.

Liz Smith y Cindy Adams

Eso nos lleva a nuestras últimas “old broads”. Dos Joans- Rivers y Collins.

Las dos son el mejor ejemplo de los excesos a los que puede llegar un cirujano plástico de Hollywood cuando huele un cheque teñido de ansiedad. Y aunque es casi imposible adivinar una sonrisa en sus caras, estas mujeres se ríen todo el tiempo.
A menudo de sí mismas.

Las llaman “bitches”, las llaman “tarts” y las llaman “whores”, pero el llamado siempre llega tarde, porque ellas ya han usado todos los epítetos posibles para describirse a si mismas.
En Cámara.

Nombre cualquier desgracia o gloria y quedará corto, porque Joan y Joan las han vivido todas. Matrimonios, divorcios, enfermedades, suicidios, bancarrotas…Y ahí están, todavía de pie, en tacos de Louboutin, suites en el Dorchester y departamentos tan palaciegos que han sido comparados con L’Hermitage.

Joan Rivers

¿Por qué siento admiración por estas mujeres?
Porque representan vida, con lo bueno y lo malo.
Porque a una edad en que la mayoría se lanza en alguna cama a esperar la muerte, ellas salen a buscar una nueva razón para abrir la puerta y salir a la calle.
Porque saben mucho mas de lo que nunca sabré.
Porque algunas revistas que conozco bien se niegan a publicar historias de cualquiera que haya alcanzado la menopausia, por muy interesantes que sean.
Y porque, sin ellas, Nueva York no sería lo mismo.

Joan Collins

2 comments:

Anonymous said...

Bueno y reflexivo el post. Fijate que en Chile jamas se permitiria a alguien con arrugas en tv. Tiran a la calle a gente sin ninguna experiencia y verdaderamente es muy gracioso observarlo.
La Raquel Correa con un programa de actualidad en el 13 o TVN ...
Saludos
RR

Pamela said...

Linda mujeres, lindo post!