Saturday, April 5, 2008

Fly me to the Moon


Hablemos de Viajes.

Mi primer viaje importante fue a los 18, cuando uno de mis mejores amigos de colegio, mi hermana y yo decidimos que era hora de comenzar a explorar el mundo.

Teníamos dos posibilidades: Río y Buenos Aires o Bolivia y Perú.

Como la elección era obvia, no tuve ningún problema en someter la decisión a una votación democrática.
Desde entonces siento una profunda desconfianza por la Democracia.

Un par de semanas después, nuestros padres nos llevaron con lágrimas en los ojos al aeropuerto para abordar un vuelo de Lloyd Aéreo Boliviano rumbo a La Paz.
Mi hermana y mi amigo llevaban enormes mochilas. Yo insistí en llevar una maleta, porque viajar de mochilero me pareció poco sofisticado, nada de adulto y definitivamente poco atractivo a la hora de las fotografías.

Un flash! y ahí quedamos para la posteridad junto al mesón de Lloyd. Mi hermana y mi amigo en jeans, polera y mochila, y yo con una chaqueta kakhi, perfectamente apropiada para países exóticos, con mi maleta a mis pies.

Aunque partí el viaje amurrado, mi humor mejoró cuando llegamos a la capital boliviana. Mostré mi pasaporte y el encargado de inmigración habló con un marcado acento extranjero, lo que me hizo sentir de inmediato como miembro de una comunidad de viajeros internacionales, un hombre de mundo de paso en un país tercermundista.

Nuestro hotel era simple, por ponerlo en términos generosos. Pusimos las mochilas y mi maleta sobre las camas, y mientras mis compañeros de viaje estudiaban quizás que ruinas que “no podemos dejar de ver”, yo colgué mis seis pantalones, mi docena de camisas y mis tres chaquetas en la barra de la ducha para que de desarrugaran y estuvieran listas para la noche.

En mis fantasías, la noche terminaba en una gigantesca discoteque después de “drinks” en el La Paz Ritz Carlton.

Pero la ciudad tiene bien merecido su nombre. Es el lugar mas aburrido del planeta. Y el mas pobre. Después de ver la décimo quinta iglesia, fotografiar a 700 cholas con sus bebés colgando de la espalda, y admirar una cantidad indeterminada de figuras precolombinas, decidí, en el quinto día de nuestro viaje, meterme a la cama y no salir mas hasta que abandonáramos la ciudad.

El dolor de cabeza, la depresión y la rabia de estar metido en ese hoyo altiplanico cuando podría, en esos mismos instantes, haber estado bebiendo mate-martinis con un equipo de Polo completo en el club mas top de Buenos Aires, me estaban matando.

El último día mi amigo y mi hermana me convencieron de visitar las ruinas de kakakakatahuán, o como quiera que se hayan llamado, que aparentemente eran el sitio ideal para sentir la "vibra" de la lucha latinoamericana.

Whatever.

Tomamos un bus, y nuevamente estoy usando la palabra “bus” con enorme generosidad hacia la industria turística boliviana.

Mientras el resto de los pasajeros comían un pedazo de choclo y un trozo de carne de origen dudoso usando un papel de diario como plato, yo, abriéndome paso entre las gallinas que formaban parte de la multitud, asomaba la cabeza por la ventana para tomar un poco de aire y evitar los vómitos.

Después de una hora y media de viaje, llegamos a las ruinas; cuatro muros de adobe con un par de dibujitos al centro.

“Los paso a buscar a las seis”, dijo el chofer del bus.

Eran las 11 de la mañana.

Quizás esa experiencia me privó de la curiosidad y el espíritu aventurero de otros viajeros que conozco, esos que cuentan los días en desesperada anticipación antes de pasear en bicicleta por los campos de arroz de Vietnam, que gastan una fortuna durmiendo en tiendas al borde del Kilimanjaro o que sueñan con pisar algún día la Antártica.

Una vez me invitaron a la Antártica, e hice todo lo posible por evitar el viaje. Volar seis horas en un avión militar que se mueve con mas turbulencia que el “derrière” de Beyoncè en “Bootylicious” solo para llegar a un témpano con cuatro pingüinos, no es mi idea de diversión.

En las últimas dos décadas he sido afortunado. A veces por trabajo, a veces por placer, he visitado lugares que nunca pensé conocer. Pero si tengo que ser honesto- de eso se trata, ¿No?- estaría perfectamente satisfecho con reducir mi mundo a un puñado de ciudades. Ciudades con grandes museos y hoteles boutique. Ciudades con tiendas que venden camisas a un precio similar a mi arriendo mensual, que tienen barrios bohemios llenos de artistas y modelos, cafés y bistros, enormes librerías con libros de arte y diseño, kioscos gigantescos, y ciudades donde uno no necesita salir con un revólver calibre 32 para sentirse seguro.

Ciudades donde uno puede tomar el agua de la llave sin terminar dos semanas sentado en el baño.

A veces la gente me pregunta si viajo mucho. Y yo, dándome aires de generación Wallpaper, digo que si. Pero viajo siempre a las mismas ciudades, que son las que amo y que, para que quede claro, incluyen Santiago.

Cuando era chico, yo y un amigo que terminó siendo geógrafo jugábamos con su globo terráqueo. El decía, “esta es la ciudad donde vas a conseguir tu primer trabajo (o vas a enamorarte, o vas vivir cuando tengas 60, o vas a tener tu primer accidente de tránsito). El daba vueltas al globo, y yo, con los ojos cerrados, lo paraba marcando con mi dedo índice la ciudad de mi destino.

Cada vez que apoyaba mi dedo en el planeta, el ruego era siempre el mismo : “!Nueva York, por favor, Nueva York!”.

Y ahora, escribiendo desde mi adorado departamento en Brooklyn, siento que todos mis ruegos fueron escuchados.

5 comments:

Anonymous said...

Manuel eres mi ídolo !!!!!!

De acuerdo en todo contigo. Hay que procurarse algo de frivolidad en esta vida !!!!!!

La que puede, puede ...

Saludos

RR

Manuel Santelices said...

Thank you RR!

Pamela said...

Tienes mucha mucha suerte!! Me encantó este post, como siempre, me hiciste reir y pensar un pokito. besos

cucha said...

MMMM..no fue tan atróz...¿o si?...me quedo definitivamente con nuestro último viaje....creo que es muy bueno hacerte caso..casi siempre.
Un beso
Cucha

C.R. said...

Manuel, eres mi nuevo gay-guy crush. De ayer en la noche a hoy he leído todos tus post -menos uno- de más nuevo a más viejo hasta llegar a este y no he dejado de reírme, rumiar, enojarme y tomarme un minuto de silencio. Te adoro y, más importante aún, adoro la forma que le das a lo que escribes. Eso. Seguiré leyendo.

Camila Rossi.