Monday, April 14, 2008

El Día Después


Hace unos años conseguí trabajo como encargado de comunicaciones de la IPPF, Internacional Planned Parenthood Federation, en Nueva York.

Si usted, como yo en su momento, nunca ha escuchado hablar de esta organización, permítame aclararle que se trata de una oficina que se encarga de conseguir recursos para servicios de planificación familiar en Latinoamérica y el Caribe.

Y por servicios de planificación familiar, me refiero a la píldora del día antes (educación sexual o condón), la píldora de hoy (también conocida como ‘la píldora’) y la píldora del día después.

Este no fue un puesto que busqué. Me llegó, y lo tomé porque no había nada mas a la vista.

Mi trabajo era relativamente simple: escribir las historias de mujeres en Nicaragua, Colombia, Chile o cualquier otro país de la región que, enfrascadas entre el marido machista, el cura dogmático y la sociedad misógina, se veían de pronto con siete niños y esperando el octavo, sin que su cuerpo o su billetera dieran a basto.

Mi misión era hacer que estas historias sonaran tan trágicas en las cartas de petición, tan urgentes y dramáticas, que alguna señora en Palm Beach o Park Avenue sintiera la inmediata necesidad de meter su mano en la billetera y hacer una donación.

Sinceramente, no era tan difícil.

Como hombre gay, la planificación familiar nunca estuvo entre mis prioridades. Pero desde desde ese bendito día que conseguí el trabajo, mi corazón está con aquellas que viven en la jaula de la maternidad.

En mi pequeña oficina en Broadway y la calle 20, me enteré de cómo adolescentes habían sido violadas por su tío, su primo, su hermano o su padre, y cómo sus gritos habían sido silenciados para mantener en pie esa columna de la sociedad que es “la familia’.

Sus niños eran integrados como un pollo al corral, sin que nadie preguntara de donde venían o donde terminarían.

Supe de mujeres en Brasil, que sabían que sus maridos tenían una vida sexual que iba mucho mas allá de sus propios dormitorios y que, sin embargo, tenían terror de exigir un condón porque eso no es algo que una esposa “decente” se atreve a pedir.

Durante meses, leí cartas y cartas.

En San Salvador, una mujer no sabia si seguir las instrucciones de su medico o su cura, que resultaban contradictorias.
En Santiago, una adolescente se preguntaba si era verdad que si hervía sus jeans y luego bebía su tinta, perdería al hijo que deseaba abortar.
En Jamaica, el método abortivo mas popular era un trozo de alambre.

No hay historias mas tristes que las de una madre sin intenciones de ser madre.

Tengo varias amigas que han abortado y lo han hecho sin problemas, otra evidencia de que, con dinero y conexiones, no hay quien se atreva a decir “no” en nuestros países.

Eso no significa, sin embargo, que estén orgullosas o, menos aun, felices de su decisión. Fue lo lógico, lo responsable, lo adulto en su momento, y quién sabe si por razones físicas, culturales o morales, el asunto les sigue dando vueltas- en la mayoría de los casos sin culpas- hasta el día de hoy.

Pero no es ahí donde iba.

Donde iba, con cautela, es a la píldora del día después.

No estoy seguro donde comienza la vida. Y tengo la impresión de que quienes hayan decidido que la píldorita aquella no estará disponible en Chile de ahora en adelante, tampoco están seguros.

Sospecho que se trata de un grupo bien educado, bien pagado y bien conectado que, quizás, ha escuchado los gritos de protesta de la Iglesia Católica.

El tipo de persona que tiene el número de un médico de la Clínica Las Condes en el “speed dial” de su celular, en caso de apuro.

Sospecho también, esperanzado, que se trata mayoritariamente de hombres. Hombres que nunca en su vida han tenido que lidiar con un marido irresponsable, un novio abusivo o una familia que considera que su gran- y única- misión es integrar nuevos miembros al clan.

Y sospecho que son el tipo de personas que a los 16, 17, o 18 años jamás se dejaron arrastrar por la irresistible corriente de un romance adolescente. O, peor aun, a los 39, nunca fueron seducidos por algún bandido en un bar a medianoche con inesperadas consecuencias.

En mis 40 y tantos años de vida, he despertado muchas veces con el síndrome del día después. Arrepentido, avergonzado, todavía con la cabeza dando vueltas, pero con la seguridad de que no hay nada que un vaso de agua, una aspirina, un ‘steak and eggs’ y un “virgin mary’ no pudieran curar.

No sé que pensaran los ilustres legisladores, pero la mala conducta, las decisiones equivocadas y la mala suerte me parecen errores comprensibles.

Y la posibilidad de levantarse y seguir adelante, un derecho humano.

3 comments:

Pamela said...

Estás escribiendo muy seguido. Me encanta, pero apenas me da el tiempo para leerte!. Muy buen punto de vista, Totalmente de acuerdo contigo. Muy bien dicho Manuel!

Jimena said...

Querido, como siempre, eres lúcido e inteligente.
Como tú, también sospecho que se trata de señores. Son tan buenos los señores para imponer criterios propios de señores respecto de temas de los cuales no tienen el menor manejo porque no son señoras.
Me di el trabajo de leer una buena parte del fallo, y -entre otras- dos cosas me alucinan. Una: quienes decidieron son señores. Y dos: la OMS, para esos cinco señores que tomaron una decisión que afectará a tantas señoras, no existe... debe ser porque la OMS también es una señora.
Te adoro

Marisol García said...

Precioso argumento, Manuel. La educación de la sexualidad también tiene que ver con el derecho al error. Al menos antes de los 30 ;)