Wednesday, August 22, 2007

A black, sad, chic day




Solo Dios sabe cuando la muerte tocará mi puerta. Pero para cuando ese momento llegue, quiero estar preparado.

Ha llegado la hora de planear mi funeral.

Lo primero es elegir el sitio adecuado. Y, considerando los veinte cigarrillos que fumo al día y los dos martinis antes de comida todas las noches, he llegado a la conclusión que el estadio Olímpico de Beijing, diseñado por Herzog & De Meuron, está fuera de discusión.

No estará listo hasta el 2008. Sorry, too late.

Mi plan B tiene contemplados la basílica de San Pedro en El Vaticano, el Taj Majhal en India, y “The Box” en el Lower East Side de Nueva York, un club pequeño, privado, pero que reúne los dos requisitos básicos para mi funeral: una sección VIP y un sexy portero.

Dependiendo del presupuesto, me gustaría que el lugar fuera decorado, en orden descendente, por:

1-Jean Paul Goude
2- Hedi Slimani
3- Grace Coddington
4- Julian Schnabel

El ambiente del “memorial”, que debe reflejar la estética de mi vida, será un homenaje al “middle class chic circa 1983”, con sillas “mid-century” de Michael Graves mezcladas con calas y claveles en floreros “faux-baccarat” y televisores “Sony Trinitron” repartidos por todas partes que transmitirán durante todo el sepelio imágenes de mi existencia.

Como en los Oscar, los invitados al funeral tendrán un estricto orden de llegada a la Black Carpet.

Mis ex compañeros de colegio, mi contador y mi profesora de acordeón llegarán primero, ocupando los últimos sitios en el “seat assigment”.
Luego vendrán mis compañeros de trabajo, editores y familiares distantes, que llevarán en sus cuellos una credencial clase B en amarillo- restricted access- , y que tendrán que firmar, 48 horas antes, un contrato de confidencialidad que les impedirá hablar sobre el evento con la prensa. (Nota to Security: mi tía Nena está incluida en esta lista).

Inmediatamente después- solo diez minutos antes de que todas las campanas de la ciudad elegida comiencen a sonar- entrarán las celebridades.
Mis queridos amigos que algo de fama tienen tendrán que abrirse paso por una larga lista de “guest stars” que incluirá- presupuesto mediante- a Gonzalo Valenzuela y Juanita Viale, Benjamín Vicuña y Pampita, el ministro Andrés Velasco y Consuelo Saavedra, y Celine Reymond.
Si el 5 resulta ser el numero de suerte esta semana en la loteria de Nueva York, preparen sus camaras para Posh & Becks.

Finalmente aparecerá mi familia, toda vestida- gracias a un canje de COSAS- con trajes de Thom Browne para ellos y severos vestidos negros de Balenciaga (by Nicolas Ghesquiere) para ellas.

De acuerdo a conversaciones con mi florista, si nos desprendemos de 10,000 claveles, quizás, y solo quizás, podríamos costear a Cecilia Bolocco para que haga la eulogia.

¿No seria maravilloso escucharla decir… “Sin lugar a dudas, su presencia en este mundo no pasó inadvertida. Más aún... hoy su ausencia todavía nos llama”?

La música, como cualquiera que haya visto una película de Taylor Hackford o Merchant Ivory sabe, es fundamental en un funeral. Y el mío, no señor, no va a defraudar a nadie en esas aguas.

Aunque en un principio sentí que “I Will Survive” de Gloria Gaynor seria el soundtrack ideal para la homilía, mi sacerdote y mi encargado de relaciones públicas me han convencido de que una canción sobre la supervivencia no es la mas adecuada para un funeral.
En cambio, hemos decidido que Mahler o Bach serian perfectos para cuando una docena de modelos Abercrombie & Fitch entren acarreando mi ataúd de caoba por la nave central del templo.

Será un momento solemne y glamoroso, coronado por la prédica de Monseñor Goerg Gänswein, el atractivo secretario privado del Papa Benedicto XVI que hace algún tiempo sirvió como inspiración para la colección masculina de Donatella Versace, y que, en esta ocasión, dedicará sus comprensivas palabras hacia aquellos que, como el Papa y yo, supieron apreciar la belleza de Prada.

No quiero ser enterrado. Quiero ser incinerado. Y si es posible, me gustaría que mis huesos se convirtieran en cenizas en la chimenea del cuarto piso de la mansión de Ralph Lauren en Madison Avenue y la calle 72.
Todo el lugar huele a gardenias, y hay millones de cojines en cashsmere y chinchilla donde un fantasma flojo y dormilón, como yo, podría pasar una eternidad.

El resto será repartido- de acuerdo a las instrucciones que le di a mi abogado- en Londres, Tokio, Paris, Santiago y St. Barts.

Y si alguna vez siente un suspiro en su oreja mientras abre la puerta de su suite en el Ritz, no se asuste. Soy yo.

5 comments:

Anonymous said...

Me encanta como escribes. Llegué a ti por una casualidad, pero ha sido bastante grato.

Marisol Garcia said...

¿Y quién para la redacción de la lápida? ¿Y dónde el obituario? Faltan detalles, aunque estás tanto más avanzado que yo en estos asuntos.

Manuel Santelices said...

Marisol, por pura intuicion, creo que a las alturas de mi vida deberia estar mas preparado que tu, que me llevas anios de desventaja.
El obituario, dejemoslo en manos de David Sedaris, Crris Hitchens y el staff de Tatler. Entre las tres partes, deberia salir algo satisfactorio.
Ah, y la lapida...bueno, si se trata de elegir, eligiria una madonna de Jeff koons,

Pamela said...

¿Habrá entradas pagas para la vereda? así al menos verte pasar desde lejos....`pero por favor, no te mueras todavía!!!!!!!!!!!!

Manuel Santelices said...

Pamela, TODO esta a la venta, incluyendo platos conmemoratorios, poleras en S-M-L y XL, y calendarios. Mandame tu tarjeta de credito y te consigo entradas!!
Un beso,
m