Wednesday, March 26, 2008

Wild Dogs



Inmediatamente después de quedar viuda, mi mamá se sumergió en las profundidades de su closet y, por debajo de una montaña de zapatos, sacó la pequeña bolsa de terciopelo rojo que contenía el revólver familiar.

“Es por seguridad”, nos anunció a mi hermana y a mí mientras acariciaba la pistola blanca y plateada que nos defendería de los guerrilleros comunistas, los militares de la dictadura y quién sabe qué delincuente común que se atreviera a cruzar las puertas de la casa. “Una mujer sola con dos niños necesita estar preparada”.

Por algún motivo, ver a mi madre convertida en Barbara Stanwyck no me hizo sentir mas tranquilo.
Hasta donde sabia, ni ella ni mi hermana habían disparado jamás un arma de fuego, y yo no había tocado siquiera un revólver de juguete.

Además estaba el asunto del tamaño de la pistola que, lejos de parecerse a las que había visto en las películas de la televisión, era tan pequeña y adorable que tenia bien merecido el apodo de “el matagatos”.

Si alguien la hubiera encontrado sobre la mesa de centro en el living, lo mas probable es que la hubiera lanzado en el cajón de los juguetes, junto a la Barbie y los trompos, o encendido un cigarrillo con ella confundiéndola con un ingenioso encendedor

El asunto no me quitó el sueno.

Mi integridad física no estaba en peligro por la noche, sino en el día, en el patio del colegio, donde los matones corrían como dingos australianos durante el recreo aterrorizando a cualquiera que mostrara un mínimo atisbo de fragilidad.

¿Usted usaba anteojos? Golpe seguro. ¿Era demasiado gordo? ¿Demasiado flaco? ¿Tenia pecas o espinillas? ¿Era el mejor o el peor alumno del curso? ¿El mas alto o el mas bajo? ¿Demasiado bueno para las matemáticas? ¿Demasiado malo para el fútbol? ¿Usaba la marca equivocada de jeans?...Pobre de usted.

La cantidad de victimas, el calibre de la violencia y el tono del lenguaje convertían cada día el colegio en una cárcel de alta seguridad amotinada; “Oz” y los “Sopranos” en pantalones cortos y sin tandas comerciales.

De todas las faltas que un alumno podía cometer, por supuesto, no había ninguna mayor que ser- o parecer- gay.

Desde silbidos en los pasillos, ruidosos besitos lanzados en el gimnasio, manotazos en el trasero y golpizas en plena calle, la población homosexual de nuestro querido establecimiento educacional era sometido a mas vejámenes que Sophia Loren en “Dos Mujeres”.

Yo tuve la suerte de mostrar cierto talento para el dibujo, y sobreviví la catástrofe que fue mi adolescencia, en gran parte, con un lápiz y un papel dibujando exageradas partes de la anatomía femenina sobre las que tenia poco conocimiento y ninguna curiosidad.

Era el pornógrafo del curso.

Curiosamente, el mas abusado de mis compañeros era también uno de los mas brillantes. Pero su envidiable promedio 6.5, su magnifica performance en la cancha de fútbol y su incuestionable heterosexualidad no fueron suficientes para asegurar su salvación.

Su pecado era la soberbia.

Era de los mejores, lo sabía y alardeaba al respecto.

Los dingos, la boca cubierta con la blanca espuma de la envidia, se lanzaron sobre él con una rabia que hasta entonces parecía reservada solo para aquellos que podían cantar de memoria la banda sonora completa de “The Sound of Music”.

De un día para otro, su nombre fue convertido al género femenino y los baños se llenaron con su imagen de rodillas y en acción- a la Mónica Lewinsky- junto a su número de teléfono y la promesa de que era “el mejor’.

El reaccionó como reaccionaria cualquiera que no sepa dibujar un par de gigantescos senos, lanzando golpes y escupitajos de izquierda a derecha. Pero cien matones son cien matones y al poco tiempo comenzó a perder toda su fortaleza.

Un día, durante el recreo de las 11:15, mi compañero se puso a llorar y sus lágrimas llenaron el patio con el aroma triste de la derrota. Los dingos, hambrientos, sedientos y excitados, comenzaron a seguirlo de rincón en rincón, primero paso a paso y luego en una aterradora carrera que terminó en el gimnasio, con la victima lanzando gritos y llantos mientras el resto vociferaba su canto favorito, “!Mujercita!, ¡Mujercita!”.

El otro día pensé en esta historia, cuando leí en el diario sobre Billy Wolfe, un adolescente de Fayetteville, Arkansas, que desde los doce- y durante tres años- ha sido constantemente abusado por sus compañeros por razones que nadie comprende.

Aparte de dientes perdidos, huesos quebrados y un par de moretones en sus ojos, Billy, a diferencia de mi compañero, tiene la desgracia de vivir en la era de la informática. Cada uno de sus golpes ha sido registrado en algún teléfono celular y luego puesto, para diversión de dingos alrededor del mundo, online, en una página de Facebook creada por sus victimarios bajo el nombre: “Every One That Hates Billy Wolfe’.

Dios nos salve de los Dingos 08.

3 comments:

Anonymous said...

Manuel tan Vargas Llosa para contar el cuento.-
RR

cucha said...

Que lata...ésto lo veo siempre en el colegio de mis hijos

Pamela said...

La indiferencia es peor que la intolerancia.