Monday, July 23, 2007

The Lady is a Tramp



A las tres de la tarde de un día miércoles, cuatro mujeres permanecen sentadas en la terraza de “Cipriani”, en el Soho de Nueva York, bebiendo el cuarto Bellini del día y observando sin interés la ensalada de mozarella y tomates y el carpaccio de ostiones que constituye su “lunch”, un ritual diario de cuatro horas que no es mas que una excusa para matar el tiempo que queda entre las sesiones de bronceado y peluquería de la mañana y el “shopping” de la tarde. Las cuatro llevan el pelo largo y las faldas cortas, y hablan en un idioma indescifrable que salta del español al italiano y del inglés al francés sin usar siquiera un punto o una coma. Están cubiertas de aros y colgajos “bohemian chic”, anillos y relojes de Bulgari y Harry Winston y a sus pies decansan dos carteras Hermès, una Fendi y un bolso de paja comprado en un reciente viaje a Grecia. No hay un hombre que pase por su lado que no les dirija una mirada, y ellas, alegres y burbujeantes como el champagne, responden el halago con sonrisas y susurros. La mesa recibe mas audiencias que el Papa en el Vaticano, y la larga lista de actores, modelos, atletas y magnates que llega a presentar sus respetos es inevitablemente recibido con abrazos, dos besos- uno en cada mejilla- y una lluvia de cariñosos sobrenombres; “Honey”, “Baby”, “Sweetheart”, “Darling”, “Sugar” y “Sweetie”. Entre ellos, siempre hay alguno que se ofrece a pagar la cuenta. Y la oferta es siempre aceptada, porque, como dice la celebre canción de Frank Sinatra, estas “ladies” son unas “tramps”.
Las “tramps” son aquellas mujeres que pasan sus diciembres en Gstaad o Aspen, sus eneros en Saint Tropez, sus febreros en St. Barts, sus mayos en el Festival de Cannes, sus julios y agostos en Capri o East Hampton, y el resto del año en Nueva York, Milán, Londres, París o donde sea que esté instalado el yate de un buen amigo, el penthouse de un “ex-novio” o el jet privado de un potencial amante.
En restaurantes o clubs, las “tramps” nunca hacen la fila, esperan en la puerta o pagan la cuenta. Cuando después de una noche de Dom Perignon o Cristal aparece el mozo con el infame papelito, ellas se disculpan sonriendo y, con un guiño de ojos a sus amigas, todas desaparecen rumbo al baño hasta que el peligro haya pasado.
Candace Bushnell, la autora de “Sex & The City” conoce bien a las “tramps” de Nueva York. En su libro “4 Blonds” escribió sobre una de ellas, una modelo de “lingerie” que cada verano elige a su novio dependiendo del tamaño de su casa en los Hamptons. Al final de la historia, ha visitado mas casas que un corredor de propiedades. Esto no es raro en mujeres que no tienen- ni necesitan- un hogar. La casa propia les parece un “ancla”, y en cambio mantienen pequeñas bodegas en París o Manhattan donde guardan sus impresionantes vestidos de Galliano o Stella McCartney y el abrigo de visón que les quedó de recuerdo después de una “relación” con algún magnate de Texas.
Las “tramps”, a diferencia de otras mas abajo en la escala del prestigio femenino, jamás cobran por su compañía. No señor, lo que ellas hacen es recibir “regalos”, pequeñas muestras de cariño o agradecimiento que pueden ir desde un brazalete de zafiros de Harry Winston a un mes de residencia en el “Hotel Costes” de París. El sexo, como todo lo demás, les parece motivo de “diversión”, no de trabajo.
Las “tramps” existen en todas partes, aunque con ciertas variaciones. En Latinoamérica son rubias, adictas al colágeno y la silicona, y muestran una alarmante preferencia por la lycra y los “tops” semitransparentes. Sin las posibilidades económicas de sus contrapartes americanas o europeas, las “tramps” del hemisferio sur comienzan sus carreras en la adolescencia, postulando a concursos de belleza organizados por alguna revista o bronceador, o agitando sus talentos en algún programa de trasnoche en la televisión. Su elección de pareja parece reducirse a tres tipos de hombres: el empresario casado, el hijo del empresario casado o el deportista.
Mientras las europeas viven felices la libertad que les da su soltería, las sudamericanas sueñan con el matrimonio. Un gran matrimonio. El matrimonio más grande que se haya visto en esas tierras, como el Susana Giménez o Cecilia Bolocco. Solo pensar en el anillo, el vestido de novia de Silvia Tcherassi o Ruben Campos, la catedral cubierta de flores y la luna de miel en Tahiti o las Maldivas, las hace llorar de emoción. Cuando el evento ocurre, ocupa la portada de alguna revista que compra “la exclusiva” y que dedica páginas y páginas a los novios y sus invitados. Y si por algún motivo no ocurre, la novia se las arregla para convertir la tragedia en un éxito y llega a los “talk shows” de la televisión a explicar las razones de su fracaso sentimental. Estas vienen siempre acompañadas de frases como “No era el momento”, “Tuvimos que ser fuertes” o, la favorita, “esto es un asunto que involucra mi intimidad, y de mi intimidad yo no hablo”. Dos semanas después, previo pago de una buena suma y dos pasajes en primera clase, la “tramp” aparece fotografiada en Miami o Punta del Este, en traje de baño por supuesto, bajo el titulo “Las razones de la ruptura’.
El matrimonio, aparte otorgar estabilidad emocional y financiera a cualquier “tramp” latinoamericana, les da un aire de orgullo y misión cumplida envidiables, el absoluto convencimiento de que todo el trabajo, las humillaciones y los comentarios de que fueron víctimas, valieron la pena. Esta es una carrera contra el tiempo, porque una “tramp” pasados los treinta ve sus posibilidades de éxito considerablemente disminuidas. A partir de entonces solo quedan dos alternativas, la “opinologia”- el arte de descuerar a otros famosos frente a las cámaras- o la política. De las dos, la política es siempre la más fácil, porque dedicarse a los jardines de una comuna o a la elaboración de leyes contra el abuso de menores en el congreso, nunca ha provocado anticuerpos en la prensa y el público. En la opinologia, en cambio, la “tramp” se ve obligada a nadar en un pequeño estanque lleno de tiburones, a vista y paciencia de miles de telespectadores, atacando en cuanto se le presenta la oportunidad y huyendo cada vez que algún secreto de su pasado- y secretos hay millones- amenaza con salir a la superficie.

3 comments:

Pamela said...

Divina descripción. ¡Me encanta lo que escribes!

Manuel Santelices said...

Gracias Pamela por tus comentarios!! Un beso

Oscar said...

Bien muy bien, se agradece, pero un Periodista siempre justifica sus notas, se ve feo.