Thursday, November 8, 2007

La Fabulosa Navidad de Chi- Chi LaCroix


Hasta que cumplió 16 años y decidió envolver su cabeza en un turbante adornado con una pluma de avestruz, comenzar a fumar con una larga pipeta y lanzar “bon-mots” con el acento dramático, extraño y arrastrado que aprendió imitando a Gloria Swanson en sus viejas películas por la televisión, Chi-Chi LaCroix tenia otro nombre.
Un nombre que nunca mas volvió a usar.
“Ese nombre es parte del pasado”, escribió por entonces en su rosado diario de vida, lanzada sobre su cama en la pequeña casa que compartía con sus padres en Baton Rouge, Louisiana, “Es un nombre que no conozco, de una persona que nunca quise y que no quiero recordar”.
‘”Mi nombre, mi verdadero nombre, es Chi- Chi LaCroix”.

Puso un punto final a la frase y antes de cerrar el diario con un pequeño candado, besó la página dejando estampadas las huellas rojas de su lápiz labial.

Su padre no recibió bien la llegada de Chi- Chi. Pero ya sabemos como son a veces los hombres del clero, tan tristes, cascarrabias y temerosos de Dios. Para él, Chi-Chi era una prueba puesta en su camino, una mala jugada del destino, un desafío que debía enfrentar con fortaleza, convicción y mano dura.

Y así lo hizo.

Durante semanas la encerró en su habitación e hizo oídos sordos a sus gritos, llantos y ruegos.
Encendiendo una gigantesca hoguera en el jardín, quemó todos sus vestidos, perlas falsas, pelucas, batas de plumas y copias de “Vogue”. Las novelitas de Jacqueline Susan y Harold Robbins fueron enterradas a pocos pasos del gallinero, igual que los discos de Connie Francis y Sandra Dee.

Chi- Chi fue obligada a ir al colegio con el mismo atuendo del resto de los estudiantes, en jeans, suspensores y camisas de cuadrillé. Pero si el pastor pensó que eso aumentaría su popularidad entre sus compañeros, se equivocó.
Ese simple guardarropa tenia el efecto de una mordaza inservible en el cuerpo de Chi-Chi, haciéndola parecer aun mas exótica, extragavante y extraordinaria, como un pavo real que, con sus plumas bien atadas, trata de pasar por gallina de corral.

Así paso el tiempo, con Chi- Chi y el pastor condenados al rol de inesperados enemigos. “No hay dolor mas grande que el odio del que amas”, escribió ella por entonces en su diario.

Observó la frase, y pensó que algún día la usaría sobre un escenario.

Algún día.

El 26 de Abril de 1978, Chi- Chi cumplió finalmente 18 años. Esa mañana despertó temprano, se encerró en el baño y comenzó un ritual que había planeado cuidadosamente durante largo tiempo.

Primero limpio su piel con agua y jabón, la humectó con cremas, y la cubrió con polvos de arroz, el mismo que usaban las grandes estrellas del Baton Rouge Music Hall. Luego dibujó sus cejas- en esta ocasión con un arco inspirado en Joan Crawford-; pintó sus labios de un rojo tan profundo que parecía negro, y para efecto dramático, puso un lunar junto a la comisura de sus labios.
Sus parpados desaparecieron bajo una sombra verde esmeralda enmarcada por espesas pestañas postizas.

Su vestido también era verde, como una joya, con amplios hombros, un pequeño escote en “V”, bien ceñido en la cintura con un lazo de cuero, y una pollera que se ajustaba a su silueta hasta desaparecer un centímetro por debajo de sus rodillas.
Sus zapatos eran altos, altísimos, y rojos, como el sombrero, y combinados con el verde del vestido creaban una ilusión que Chi- Chi, sin poder contener la emoción de re-encontrarse en el espejo, consideró curiosamente patriótica, como un grito de libertad e independencia.

Abrió la puerta del baño, entró por ultima vez a ese lamentable cubo gris y que había sido su habitación en el último tiempo, tomó la maleta que había decorado con un “collage” de fotos de animales y estrellas de cine, y bajó lentamente los crujientes peldaños de la escalera.

Ahí, junto a la puerta de entrada, estaban sus padres.

“Bye, Mama”, se despidió de su madre dándole un beso en la mejilla, “No se preocupe, que voy a estar bien”.
La madre se quebró en un sollozo silencioso y sin decir una palabra le entregó un rosario que Chi- Chi escondió en las profundidades de su escote.

“Bye, Papa”, dijo entonces, pero el pastor no contestó.

Donde antes estaba su mirada dura, ahora se encontraban dos profundos pozos de tristeza. Solo ahí Chi- Chi se dio cuenta de que por todo el dolor que ella había sentido, su padre había sentido el doble.

Al menos ella tenia la promesa del futuro.

El, en cambio, no veía nada hacia adelante que no fuera pena, soledad, silencio y rencor.
Se sentía engañado.

La llegada de Chi- Chi a Nueva York no pudo haber sido mas afortunada. Personajes como ella eran mas que bienvenidos en el Manhattan de los 70’s, que sin contar la ola de crímenes y la bancarrota económica que lo azotaban, parecía por esos días un paraíso en lentejuelas y brillos, exceso y glamour, agitándose 24 horas al día al ritmo de “Love to Love You Baby” y “The Freak”.

Todavía no había bajado su maleta del bus en la estación de la calle 42, cuando un hombre alto, negro, vestido de blanco desde sus zapatos de charol a su fedora, se acercó y le dijo “No me digas nada…Eres actriz”.

“Bueno…no tengo experiencia. Pero si, me considero una actriz”, dijo Chi- Chi humedeciendo sus labios y agitando las pestañas postizas, como hacia cada vez que olía una buena oportunidad.

“No eres actriz, Baby. ¡Eres una estrella!”.

Esa misma noche, Chi- Chi se encontró en un bar del West Village sentada sobre un piano blanco junto a Mimi La Rue- una cubana recién llegada de North Miami vía los buses Greyhound-, las dos vestidas en lentejuelas rojas, pelucas rubias y morenas, escotadas hasta la cintura por delante y hasta el fin de la espalda por atrás, cubiertas de strass y maquillaje, imitando a Marilyn Monroe y Jane Russell en “Los Caballeros las Prefieren Rubias”.

De ahí al “Studio 54” hubo solo un paso, y en cuestión de semanas Chi-Chi se convirtió en figura infaltable en la “Factory” de Warhol, en las páginas de “Interview”, en las fiestas de Halston en su loft de la Olympic Tower y donde fuera que Liza decidiera hacer su aparición.

Vogue la llamó, con cierta ironía y creando una ola de reclamos entre las lectoras mas tradicionales, la “it Girl” del downtown neoyorkino en 1979.
Fue retratada por Jean Michel Basquiat, fotografiada por Robert Maplethorpe y Richard Avedon, y tuvo un pequeño rol en “Chelsea Girls” y “Saturday Night Fever”.

Nadie que la hubiera visto una noche cualquiera aparecer en las puertas del “54”, besando en ambas mejillas a Steve Rubell, bailando en la pista con Sterling St. Jacques y John Travolta- esa foto ocupo una página completa en “Life”-, o bebiendo champagne con Jackie Kennedy Onassis y Bianca Jagger, podría haber adivinado el triste pasado de Chi- Chi.

Todas las semanas, sentada en el escritorio de su pequeño y atiborrado departamento en el 550 de la Quinta Avenida, Chi- Chi escribía una carta a sus padres. Ahí les contaba de la gente que había conocido- “Gloria Swanson admiró mi vestido! ¡Alexander Godunov, Jackie Bisset y yo compartimos un taxi!”-, daba detalles de su rutina en Nueva York, y les enviaba copias de recortes sobre ella en la prensa.
Cada carta iba perfumada con “L’Air du Temps” y siempre firmada de la misma manera: “Que Dios los bendiga. Su hija que los adora, Chi- Chi LaCroix”.

Nunca tuvo respuesta.

Y así pasaron los años, hasta que un día, en Noviembre de 1988, recibió un llamado de su madre anunciándole que el pastor, anciano, senil y semi-demente, había sido internado en el Hospital del Glorioso Socorro a las afueras de Baton Rouge. “Ya se que las cosas entre ustedes no están bien”, dijo la voz quebrada a través del teléfono, una voz que Chi- Chi en un principio no reconoció, “Pero es tu padre. Y a su manera, te quiere”.

Chi- Chi tomó el primer vuelo de Pan- Am de JFK a Baton Rouge.

Su llegada al hospital creo una pequeña conmoción, porque ni los médicos, las enfermeras o las monjas habían visto nunca antes a una criatura semejante. Vestida de blanco de pies a cabeza, con un velo sobre su maquillado rostro, zapatos de tacón y un sombrero de zorro albino, Chi- Chi corrió por los tristes pasillos hasta encontrar la habitación 666 donde se encontraba su padre.

Ahí estaba el pastor, pálido, frágil, enjuto; una sombra del hombre fuerte y decidido que había sido algún día.

“Papa”, dijo Chi- Chi, “Soy yo, Chi- Chi”.

El viejo entre abrió sus ojos azules, la miró por un segundo con curiosidad y luego volvió cerrar los parpados diciendo, “Señorita, ¿Me puede dar un vaso de agua?”.

A partir de entonces, Chi- Chi visitó a su padre todos los días y él nunca la reconoció. Al menos no totalmente. “Su voz me parece conocida”, dijo una vez. Pero eso fue todo.

En cuestión de semanas, Chi- Chi se convirtió en la estrella del hospital. Tocando puerta tras puerta, visitaba a los enfermos y moribundos y los alegraba leyéndoles trozos del libro sagrado, alguna revista de cine o modas, o simplemente interpretándoles su propia versión de “The Man that Got Away’, su canción favorita.

Los enfermos la adoraban. Incluso su padre, que esperaba todas las tardes la visita de esta extraña mujer que, a diferencia de las enfermeras o las monjas, jamás le preguntaba como se sentía. “!Lo veo mejor que ayer!”, decía simplemente, y se sentaba a su lado con un pote de crema a suavizarle las manos.

La Navidad en Louisiana no tiene nada del encanto nórdico de Nueva York o Boston. Tampoco es exótica, como en Sudamérica. Aunque las casas de Baton Rouge se llenan de campanas, pinos falsos y pesebres, todo se ve forzado e irreal. Como si los llamados al viejo pascuero se perdieran en medio de la neblina de los pantanos.

Chi- Chi, que verdaderos amigos no tenia en la ciudad, se ofreció para acompañar a su padre y al resto de los enfermos en la nochebuena. “ ¿Estás segura Chi- Chi?”, le peguntó su madre, que pasaría la velada junto a sus amigas en la misa de medianoche. “Segura Mama, vaya tranquila”.

Si usted no ha pasado la Navidad en un hospital de Louisiana, debemos advertirle que es una triste experiencia. Aparte de un par de estornudos y algunos quejidos, no hay nada que quiebre el silencio de esta antesala a la muerte.

Chi- Chi estaba leyendo el último número de “Harpers Bazaar” en el sillón junto a la ventana, cuando sintió la voz de su padre.

-“Señorita”, le dijo, “Me duele la espalda’.

Chi- Chi se acercó, puso su mano sobre la frente del enfermo para ver si tenia fiebre, y después de asegurarse que todo estaba bien le arregló las almohadas para que se sintiera mas cómodo.

Fue entonces cuando su padre la agarró de la muñeca.

-“Gracias”, le dijo con cierta urgencia en su voz.

-“¿Gracias por qué?”- dijo Chi- Chi.

-“Por estar conmigo esta noche, por cuidarme, por darme agua y arreglar mis almohadas”, dijo el anciano entonces, “Si yo tuviera una hija, me gustaría que fuera como usted. Tan buena, tan bonita, tan alegre. Un ángel caído del cielo”.

Los ojos de Chi- Chi se llenaron de lágrimas.

Le dio un beso en la mejilla a su padre, buscó su cajetilla de Lucky Strikes en la cartera y salió a la terraza.

Después de observar por un segundo los relámpagos a la distancia, encendió un cigarrillo y miró al cielo.

“Que rara es la vida”, pensó, justo cuando las campanas de la iglesia anunciaban que era la medianoche.

2 comments:

Pamela said...

Un relato fuera de serie Manuel. Gracias

Jose Manuel said...

Una muy bonita historia, escrita con interés y sensibilidad sobre las vueltas que tiene la vida.