Monday, February 2, 2009

Luther or Not Luther, that is the question


Cuando comencé este blog me prometí a mí mismo que jamás escribiría de mis gatos.

La sola idea de hablar en público de lo adorables que son, de cómo saltan cada madrugada sobre mi cama para que les dé de comer, de cómo siento un irrefrenable instinto maternal cada vez que los escucho restregar sus patas en el “litter box” después de ir al baño, o cómo, en medio de un día de agobiante trabajo, me tomo diez minutos solo para observarlos dormir, me parecía digno de una dueña de casa obesa de Wisconsin, sin nada mas que llene su vida que un felino llamado “Frida” u “Oliver”.

Otra promesa no cumplida; una mas en la larga lista.

Ahí los tiene, en la foto que acompaña este post, the apples of my eyes.

Para ser exactos, estos no son mis gatos, sino los de Mr. D, que como un superhéroe los rescató de un destino incierto que se perfilaba sombrío, aliñado con cebolla y brócoli y acompañado de “sticky rice”, en el subterráneo de un restaurant en Chinatown.

Si las cosas hubieran sido distintas, quizás habrían terminado convertidos en pollo general Tsao, disponibles a $4.99 en una cajita de cartón, trasladados a quizás que departamento por un inmigrante de Shanghai en bicicleta, consumidos en dos mascadas y con sus restos, ya digeridos, lanzados por el alcantarillado hasta el Atlántico.

Mr. D, que jamás ha tenido una mascota que no responda al nombre de Luther, llamó al mas pequeño, al de nariz rosada, Luther. Y el otro, mas grande y de nariz oscura, quedó condenado al poco auspicioso nombre de Not Luther.

Cuando el veterinario deja recados en el teléfono, dice cosas como “Not Luther necesita un nuevo chequeo de su páncreas”.

Ah, porque estos gatos, que nacieron para morir en un sartén, ahora ven sus páncreas, su corazón, su índice muscular y de grasa, su vista y hasta su colesterol revisados regularmente por un médico de la clínica veterinaria “Hope”, en Atlantic Avenue, Brooklyn.

Hope, esperanza.

Nuestra esperanza de que Luther y Not (a.k.a Gordo, por razones que no necesitan mayor explicación) nos acompañen hasta la vejez. Y la esperanza de la clínica, que ruega que nuestro cariño sea tan grande y sincero como para gastar $750 en un lavado de colmillos cuyo trabajo, en el peor de los casos, no va mas allá de masticar un trozo de “poulêt roty” cuidadosamente deshuesado y cortado en trozos pequeños.

Cualquiera que los vea descansando sobre los cojines del living, en el sofá de la oficina, entre las almohadas de la cama o en el lavamanos- mientras me ducho cada mañana-, podría pensar que estos gatos han tenido una vida privilegiada.

Pero no. Aparte de sobrevivir ese holocausto gatuno que se vive cada día en los crueles y oscuros callejones de Chinatown- el Auschwitz de los felinos en Nueva York-, Luther y Not Luther salieron ilesos de la tragedia del 9/11.

Desde la ventana de nuestro antiguo departamento, a solo tres cuadras de las Torres Gemelas, se convirtieron en testigos de la historia cuando dos aviones se estrellaron contra los rascacielos mas altos de la ciudad.

Gracias a Dios la taza del baño estaba abierta.

A oscuras, con el departamento cubierto de polvo, y con el aterrador ruido de las sirenas colándose por las ventanas, dieron un testimonio de fe y supervivencia bebiendo el agua del W.C.

No los culpo. Yo habría hecho lo mismo.

Cuando Mr. D, en otro de sus gestos heroicos, llegó, una vez mas, a rescatarlos subiendo 26 pisos a oscuras, los encontró algo asustados. Pero mas que nada hambrientos.

Luego Mr. D bajó los 26 pisos con Luther en una jaula y Not- que por ese entonces habría sido el candidato ideal a Weight Watchers- en otra. Los sacó de las tinieblas provocadas por Al Qaeda, los subió a un camión militar, luego a su auto y finalmente los llevó a lugar seguro en las colinas de Westchester, al norte de Manhattan.

Not se recuperó del trauma rápidamente. Un tarro de comida para gatos fue suficiente. Pero Luther, desde entonces, duerme todas las noches acurrucado entre nosotros y levanta la cabeza cada vez que siente el golpazo de una puerta o el motor de la lavadora de platos comenzando a trabajar.

Según el doctor de “Hope” eso indica, inequívocamente, un “post trauma disorder”.

A pesar de los peligros que la política exterior americana y la gastronomía asiática presentan para cualquier gato en Nueva York, esta es una ciudad que debe parecerles generosa.

En tiendas especializadas en Madison Avenue, es posible comprar comida “grado humano” para ellos, platos diseñados por Alessi, y galletas fabricadas con grano orgánico en alguna granja de Vermont. En Rizzoli encontrará libros especializados en “arquitectura” para gatos, y en Louis Vuitton elegantes vendedores en trajes oscuros y corbata de seda se darán la molestia de presentarle el “kennel” de la temporada, un “carry on” cubierto de “LV’s” y con interior acolchado y “extra ventilación’.

Aunque tengo la sospecha de que Luther disfrutaría semejantes lujos, mi limite termina en los $1.29 por tarro de su dieta “Wellness”, que tantos milagros ha hecho en su piel y su energía. Not Luther, en cambio, es un gato despojado de todo rasgo de snobismo, y no importa si es una vieja toalla o un trozo de pan lanzado por casualidad al piso de la cocina, a sus ojos todo es tan delicioso como una suite en el Carlyle o un plato de escargots en “Daniel”.

No hay una persona que entre a nuestro departamento en Brooklyn y, viendo a Luther y Not Luther durmiendo placidamente sobre sus cojines de piel blanca, no piense que estos son gatos afortunados.

Pero Mr. D resumió mejor que nadie esta curiosa ecuación de fortunas una noches atrás, cuando, con los dos gatos descansando entre las sábanas de nuestra cama, me miró y dijo “!que suerte tenerlos con nosotros!”.

5 comments:

Marisol García said...

Tus gatos son afortunados, sobre todo, porque escribes una crónica tan bonita sobre ellos.

Manuel Santelices said...

You are very sweet...Gracias Marisol!

Anonymous said...

Hey Manuel Luther tiene una doble,literal, en Chile. Mi gata Lou Lou es idéntica, solo que pesa el doble, jajajaja. Bueno es responsable de todos los destrozos que ocurren en la casa y de todas las situaciones graciosas también: jugamos a que la pillo, se esconde y etc.
Saludos desde el norte de Chile
RR

Manuel Santelices said...

Que suerte!! Doble alegria, doble problema

Carlos L. said...

Mi querido Manuel, qué notable crónica sobre tus deliciosos gatos.
La mía, cuyo nombre es Diva, come como condenada todo el día, no se mueve tanto, y no engorda nada!
Necesito urgente saber cómo lo hace!!!