Friday, September 14, 2007

Pinochet 2.0 (The HBO Edition)



Hace un millón de años conocí a Augusto Pinochet.
Fue en un “almuerzo para la prensa” organizado en una casona campestre a las afueras de Santiago. Ahí estuve, junto a los jerarcas de El Mercurio, La Segunda, Ercilla y Canal 13- entre otros medios- tomando pisco sours, escuchando a Ginette Acevedo cantar “la Torcacita” a capella, y observando al general, que ese día llevaba puesto un uniforme blanco (colección de verano) repleto de condecoraciones.

Alguien me susurró al oído que el general y la cantante eran amantes, pero nunca supe si el rumor era cierto.

El general lanzó unos chistes predecibles, dijo unas palabras que resultaron inteligibles en esa modorra añeja y metálica que era su discurso, y luego se concentró en su plato sin dar mayor atención a sus invitados.

Pinochet, a mi modo de ver, nunca fue un dictador original. Mientras Idi Amin, “Baby Doc” Duvalier o Stroessner arrancaban epítetos en la prensa con sus demenciales crueldades, sus excéntricos gastos y hasta su canibalismo, el pequeño reyecito chileno se comportaba con la actitud de un inspector de colegio gruñón, el cascarrabias de clase media, el viejo que alega porque alguien está hablando en el asiento de atrás en el cine.

Eleve eso a la potencia de una dictadura, y se encontrará con 3,000 desaparecidos y cientos de exiliados.

Igual como ese vecino mal genio que pone veneno en un trozo de carne para silenciar al perro que lo despierta a medianoche, Pinochet tomó medidas drásticas para terminar con sus problemas. Y después, sin pensar dos veces en lo que había hecho, se metió a la cama y se puso a soñar con que algún día la historia le daría la razón y seria él, no el perro, la victima en todo el asunto.

A su mujer, la señora Lucia, la conocí en otro almuerzo. Esta vez en La Moneda, donde reunió a un grupo de periodistas para promocionar las selectivas caridades de su CEMA Chile.
Como su marido, la Primera Dama era una mujer de poca paciencia y tono mandón, acostumbrada a tratar a todo el mundo como si fuera su escolta.
No recuerdo detalles, pero nunca olvidaré la mirada que le dio a una periodista que le hizo una pregunta que, a diferencia de todas las demás, no acarreaba un halago.

Gracias a Dios no había un palo a la mano.

Cuando Pinochet fue arrestado en Londres, COSAS me envió a cubrir la noticia. Y aunque no hablé con el general ni su mujer, entrevisté a su hija, Lucia, que me dijo, sin una pizca de sarcasmo, que nunca, nunca, había visto una crueldad como la que habían hecho con su padre.

La ceguera es, aparentemente, congénita en la familia.

En esos días de locura vi a Maria Angélica Cristi, la senadora, llorar a mares por la suerte del general, y Alberto Espina, de Renovacion Nacional, me dijo que todo el embrollo se solucionaba fácilmente, “enviando algunos barcos de la armada” para rescatarlo.
Los "socialites" nacionales, desesperados y olvidando todo decoro, se paseaban por las calles de Londres arriba de un camion, con megafonos, rogando que soltaran a su salvador.

El Chile de esa época era definitivamente mas Macondo que MacCondo.

El general debe estar sonriendo en su tumba ahora que la BBC y HBO produjeron una película, “Pinochet’s Last Stand”, sobre sus 300 y tantos días como recluso en Inglaterra, con Derek Jacobi como protagonista.

Jacobi, que se hizo mundialmente famoso en el rol principal de la estupenda miniserie británica “Yo Claudio”- donde encarnaba a un tartamudo y bonachón emperador romano- es el Pinochet que Pinochet nunca fue.

Con su pelo y el bigote blanco, la cara enojada y envuelto en un chal en su silla de ruedas, el actor tiene un increíble parecido con el general. Pero habla mejor, se mueve mejor, y tiene una dignidad y una elegancia que La Moneda no ha visto jamás.
En medio de todo el escándalo, y sin perdonar sus pecados, HBO le dio cierta humanidad.

Si Derek Jacobi hubiera ido a plebiscito, quizás el resultado había sido distinto.

La señora Lucia también sale ganando en HBO.
Si, es cierto que es retratada como una Lady Macbeth latinoamericana, desde sus cómodos zapatos hasta su impenetrable peinado cubierto de laca, pero su maldad, ignorancia y despotismo tienen cierto encanto en las manos de la actriz Phyllida Law, que retrata a la ex Primera Dama como una Alexis Carrington con menos presupuesto y cero libido.

La película termina con imágenes reales de Pinochet llegando a ese refugio de prófugos que resultó ser el aeropuerto de Santiago.

En cierto modo, esa secuencia es una desilusión.

El Pinochet real se ve considerablemente disminuido en comparación a su versión cinematográfica, y todos esos militares en perfecta formación, los burócratas de palacio corriendo para acomodar al general y la docena de mujeres sonrientes en trajes sastre color pastel, son un triste recordatorio de que no todas las películas tienen un final feliz.

4 comments:

Pamela said...

Querido Manuel: ¿Cómo haces para no perder jamás la elegancia? Yours sincerely, P

Thomas Perowne said...

Cuando pensaba que todos los relatos a propósito de Pinochet estaban contados, apareces tú con una opinión bastante elegante, pero no por eso menos honesta.

Me gustó. Espero ver pronto a Jacobi como Pinochet. Espero que llegue a Chile por cable y que pase el ojo censor, que sólo en teoría, no existe. You know...

Cariños
T.P. (a.k.a Blackbird.) (Sí, tengo doble personalidad!)

Anonymous said...

Si, eres muy elegante, lo cual no implica que no seas tan o más resentido que Camilo Escalona.
Regards

Anonymous said...

chile-campeon.blogspot.com